domingo, 25 de octubre de 2009

EFECTIVICEMOS EL PLAN LECTOR




Por José A. Lalupú Cruz

En las noches de verano cuando, echados sobre los petates, disfrutábamos de la frescura del aire en los descampados, cerquita a nuestra casa: “Ya pues papá, cuéntanos la historia del hombrecito que mató la shepente”. Joselito, mi padre, afinaba voz sacudiéndose de la carraspera y empezaba: “Había una vez...”, luego de los primeros datos el relato llegaba a su éxtasis:

“... entonces la serpiente de siete cabezas venía derribando árboles y devorando todo animalito que encontraba en su camino. Era inmensa, tan grande como una montaña que daba miedo verla. El pueblo asustado imploraba al rey que haga algo. Entonces un caballero apuesto que pretendía a la hija de este señor salió del pueblo, sin decir nada, para enfrentar al tremendo animal. Y sucedió que el joven a muchas leguas se encontró frente a frente con este monstruo empezando una cruenta batalla en la que ambos luchadores quedaron agonizantes hasta que murieron.
Días más tarde la gente estaba sorprendida porque la serpiente no había llegado a atacar el pueblo. Para eso no se habían dado cuenta que el caballero había desaparecido. En cambió, en un acto de jocosidad, un joven chiquito y feíto, todo marrulenguito, había hecho saber al pueblo que él iba a enfrentar a la serpiente de siete cabezas y que la iba a matar. Resulta que de verdad no estaba; había desaparecido. La gente pensó lo peor.
A los pocos días apareció cargando varias cabezas del descomunal monstruo y mientras entraba al pueblo gritaba:
─¡Yo maté la shepente!, ¡Yo maté la shepente!, ¡Yo maté la shepente!.
La gente sorprendida por lo que observaba le creyó porque, como tenía una fuerza hercúlea, era creíble que la haya matado. Ante la sorprendente noticia el rey lo mandó llamar para escuchar de sus propios labios la historia; entonces el hombrecito le contó que él había enfrentado a la serpiente con una espada fabricada de algarrobo y, entre tantas cosas, había terminado con ella sin que a él le pasara nada, ni un rasguño siquiera. Como recompensa, el rey ordenó que se cumpliera su palabra:
─ Traigan a mis tres hijas para que este valeroso héroe escoja a una de ellas para que sea su esposa.
... Y la fiesta duró siete días y siete noches, el joven marrulenguito feliz de la vida porque ya era parte de la corte.
Pero resulta que uno de esos días alguien dio cuenta que un joven apuesto de ese territorio había desaparecido y un pastor había avisado que un hombre yacía junto a las demás cabezas de la serpiente; entonces...”

Este cuento nos fue relatado una y otra vez por mi padre, y no sólo éste sino muchos más, pero éste es uno de los que más me gustó y que me indujo a buscarlo en muchos libros de cuentos, pero nunca lo encontré; sin embargo, esta tarea que me propuse me hizo rozar con muchos textos literarios a los que leía con interés dejándome, al final, una satisfacción enorme, creo que hasta indescriptible, porque jamás pensé leer tanto y aprender tanto de ellos.
Esta experiencia familiar me permite comprender que estas historias, cuentos, leyendas, mitos, incluso anécdotas repercuten en el interés del hábito por la lectura ¿y sabe por qué?, pues, porque no solamente influyó en mi persona sino en mis demás hermanos y vecinitos que compartían esas reuniones. Pasados algunos días sabíamos otros cuentos fantasiosos leídos en vetustos libros de hojas amarillas. Por su puesto, que no había tele, ni internet, ni todas esas cosas que, mal usadas, perforan el cerebro. Con el tiempo, de manera inconsciente, nuestro amigo paternal había hecho lo suyo como aporte a la educación, desde su casa.
¿Y ahora qué pasa con esas estrategias de promoción a la lectura en nuestros hijos?
La respuesta no debe ni puede ser: “es tarea de los profesores que les enseñan”. Es irónico que el Ministerio de Educación haya tenido que expedir la Resolución Ministerial Nº 0386-2006-ED para fomentar el gusto y el placer por la lectura.
¿Sabe por qué?
Porque el alumno debe tener por costumbre leer textos de diverso tipo y comprenderlos sin que se le presione a hacerlo, pero esto sólo logrará si los padres de familia, instituciones diversas y comunidad en general contribuimos a la labor de los docentes.
Por una parte, la misión de los profesores, sobre los que radica gran responsabilidad, es enseñar a leer y comprender lo que se lee. No puedo hacer excepciones en la que el profesor de aula, en el caso de primaria o el Comunicación, en Secundaria, debe enseñar leer y a responder las preguntas de comprensión porque todos los maestros, desde su propia área, deben dominar los niveles de comprensión lectora aplicados al contexto del aprendizaje que desean lograr en lo educandos (Sería absurdo y con vocación equivocada alguien que se ampare en la ridícula frase: “Para lo que me pagan”). En consecuencia la tarea de los docentes es darles a los alumnos las herramientas o estrategias para comprender un texto; en tendiéndose que un texto no es únicamente una lectura sino puede ser una imagen, un sonido, una señal, un ejercicio matemático, un mapa, etc. Cuando esto haya ocurrido en los alumnos diremos que están en condiciones de comprender lo que leen. Entonces aquí sí va a tener sentido la propuesta de conducirlos a la lectura voluntaria de textos de su agrado. No se va a sentir aburrido, ni obligado sino, por el contrario, va a disfrutar de cada una de ellas.

Por otra parte, la aplicación del Plan Lector en las diversas instituciones educativas compromete el apoyo de los Gobiernos Regionales y Municipales a destinar parte de sus recursos para promover el hábito de la lectura; a las empresas periodísticas a publicar versiones populares de obras literarias y otro material de lectura para niños y jóvenes; a los medios de comunicación. Pero ¿cuántas de ellas están cumpliendo esta misión? Claro no están obligadas a regalar libros a todos los alumnos sino mas bien implementar sus bibliotecas con libros variados, sobre todo de contexto local, instalar servicio internet con los filtros respectivos; crear la hora del cuento, spots de promoción a la lectura en emisoras radiales o retrasmisoras televisivas; organizar ferias de libros, en fin tantas cosas que se pueden hacer, pero en forma organizada.
¿Se habrá avanzado o seguimos igual que antes? Por su puesto que hemos avanzado, pero poco, porque no hay un trabajo integral en beneficio de nuestros alumnos, los futuros ciudadanos. Reconózcase que se le ha dejado la mayor tarea a las instituciones educativas, las cuales también tienen algunas falencias de aplicación del plan. De la misma manera, las demás instituciones no cumplen con su rol y civismo, ─porque trabajar en favor de la joven generación es hacer patria─. Asimismo, los padres en estos últimos tiempos dedican mucho tiempo a la televisión u otras actividades personales descuidando las reuniones familiares que los congreguen a contarse historias fabulosas como “Yo maté la shepente”. Esto también contribuirá a generar interés por la lectura, ¿o no? Por último, ¿quiere decir que se necesita más leyes para convertir al niño y joven en un lector permanente? No. Se trata de algo simple para los optimistas: reunirse y elaborar un plan articulado de actividades efectivas a nivel distrial o provincial( puesto que aún no funciona COPALE en algunos casos) y plasmen la concreción del Proyecto Educativo Local.

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