Por: José Artemio Lalupú Cruz
─Claro que, últimamente, he ido bañado de fe en varias oportunidades, pero en todas estas veces he terminado atemorizado porque cuando levantaba la mirada ese corderito estaba ahí, parado, inmóvil, echado sobre la cruz.
─ Pero es la representación de Jesús. ¿Acaso no sabe que a Jesús se le llama “el Cordero de Dios”?
─Por su puesto, en el Evangelio de Juan dice esto. Es ahí a donde voy. El templo es la casa de Dios y en aquel cuadro pintado en el altar mayor debe estar, ─ pienso─ la imagen de Jesús, pero ahí no está él sino hay un corderito, un animalito dibujado. Y cuando me persigno mirando el altar ese dibujito es lo primero que veo. Por su puesto que mi pensamiento va en la dirección correcta que es orar a Dios, pero ese ícono...
─ ¿No estará equivocado compadre?
─Déjeme explicarle: en el Antiguo Testamento se describe que el sacrificio de corderos se han practicado siempre. En el pueblo Judío el cordero era el principal animal del sacrificio de la tarde y la mañana en honor a Jehová, eso lo encontramos en Éxodo, capítulo veintinueve, versículos del treinta y ocho al cuarenta y dos; también lo sacrificaban en los días especiales y en la Pascua. Ahora, en Juan, capítulo uno, versículos veintinueve y, treinta y seis se indica que Jesús es simbolizado como "el Cordero de Dios", donde Dios es el proveedor de este especial cordero como una “ofrenda por el pecado”. ¿Entendiste?
─Me estoy dando cuenta que tiene juicio lo que dice.
─Entonces por esa razón le digo que en el altar mayor donde aparecen dos hermosos ángeles, una cruz y sobre ella un corderito, esta pintura que no debe aparecer sino más bien la imagen de Jesús, el verdadero “Cordero de Dios” o únicamente los ángeles y la cruz.
─Tiene razón compadre Daniel, a veces, a mí también me ha pasado... parece que estuviera adorando a él.
─Si nos quedamos callados, ¿no estaremos cometiendo doble falta?
─Dios nos libre del pecado, compadre.
Ambos se pusieron de pie, se estiraron un poquito dejando oír el crujido óseo; luego, aturdidos por la idea que les campaneaba el cerebro cerraron los ojos y, en actitud contrita, se persignaron. Finalmente, con pasos lentos y silenciosos abandonaron la plaza. La tarde se escondía cansada.
─Claro que, últimamente, he ido bañado de fe en varias oportunidades, pero en todas estas veces he terminado atemorizado porque cuando levantaba la mirada ese corderito estaba ahí, parado, inmóvil, echado sobre la cruz.
─ Pero es la representación de Jesús. ¿Acaso no sabe que a Jesús se le llama “el Cordero de Dios”?
─Por su puesto, en el Evangelio de Juan dice esto. Es ahí a donde voy. El templo es la casa de Dios y en aquel cuadro pintado en el altar mayor debe estar, ─ pienso─ la imagen de Jesús, pero ahí no está él sino hay un corderito, un animalito dibujado. Y cuando me persigno mirando el altar ese dibujito es lo primero que veo. Por su puesto que mi pensamiento va en la dirección correcta que es orar a Dios, pero ese ícono...
─ ¿No estará equivocado compadre?
─Déjeme explicarle: en el Antiguo Testamento se describe que el sacrificio de corderos se han practicado siempre. En el pueblo Judío el cordero era el principal animal del sacrificio de la tarde y la mañana en honor a Jehová, eso lo encontramos en Éxodo, capítulo veintinueve, versículos del treinta y ocho al cuarenta y dos; también lo sacrificaban en los días especiales y en la Pascua. Ahora, en Juan, capítulo uno, versículos veintinueve y, treinta y seis se indica que Jesús es simbolizado como "el Cordero de Dios", donde Dios es el proveedor de este especial cordero como una “ofrenda por el pecado”. ¿Entendiste?
─Me estoy dando cuenta que tiene juicio lo que dice.
─Entonces por esa razón le digo que en el altar mayor donde aparecen dos hermosos ángeles, una cruz y sobre ella un corderito, esta pintura que no debe aparecer sino más bien la imagen de Jesús, el verdadero “Cordero de Dios” o únicamente los ángeles y la cruz.
─Tiene razón compadre Daniel, a veces, a mí también me ha pasado... parece que estuviera adorando a él.
─Si nos quedamos callados, ¿no estaremos cometiendo doble falta?
─Dios nos libre del pecado, compadre.
Ambos se pusieron de pie, se estiraron un poquito dejando oír el crujido óseo; luego, aturdidos por la idea que les campaneaba el cerebro cerraron los ojos y, en actitud contrita, se persignaron. Finalmente, con pasos lentos y silenciosos abandonaron la plaza. La tarde se escondía cansada.
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