
Por: José A. Lalupú Cruz
“Día tras días habían trabajado de sol a sol, su esposa, sus hijos, toda la familia, en los momentos libres disfrutaban de alegres y horizontales conciertos verbales... al final disfrutaban de las mieses que su propio esfuerzo fabricó. No obstante, Silverio, habiendo tenido la misma posibilidad, solo había logrado encender un sentimiento extraño, tal vez doloroso por algo que desearía vivir, pero no lo lograba.Vivía alterado al no tener lo que poseía el otro, pensaba en el fracaso y derrumbe de la familia López para gozar y sentir satisfacción”.
Vivimos tiempos difíciles que nos preocupan constantemente: terremotos, sequías, inundaciones, crisis social, económica y, sobre todo, crisis moral en la que los valores, tan manoseados teóricamente, quedan difuminados en este espacio contaminado y que unidos a los fenómenos naturales la Tierra se convierte en un trozo de hielo quemado por el sol de verano.
Así pues, mientras las personas emprendedoras y optimistas se esmeran por superarse espiritual o materialmente buscando frutos que les permiten vivir, sino felices, en un ambiente de tranquilidad; hay quienes viven un contraste intolerable ante sus deseos no satisfechos alimentando, incluso, su cerebro con sentimientos de ira y odio por los logros de otros; en suma, sienten envidia.
Cuando hablamos de un contraste intolerable, se procura hacer entender que la envidia es una forma de necesidad cargada de impotencia y desesperación que no se puede tolerar; es decir, es una emoción dolorosa remitida a deseos no satisfechos. Por supuesto que estos conllevan al envidioso a intentar destruir el logro del otro.
Pues como no puede tener u obtener lo que fulano tiene, este sentimiento le corroe el cerebro y quisiera que fracase tal o cual persona para que se hunda o, incluso, le vaya peor y si se muere, mejor aún. Esta emoción negativa podríamos parangonarla con una admiración desenfrenada puesto que admirar es “Tener en singular estimación a alguien o algo, juzgándolos sobresalientes y extraordinarios”(Diccionario de la RAE); sin embargo, la envidia creo es haberse sobrepasado este límite distorsionando tal percepción por una contemplación de deseo por lo que no tengo, pero a la vez, inundado de maldad.
En este sentido, las personas envidiosas desean algo que otro tiene, y que perciben que a ellos les hace falta (bienes o inteligencia), y por consiguiente desean el mal a los demás lo que les permitiría sentirse bien con el fracaso de su prójimo. La persona que siente envidia no será sino un infausto ser con exiguo raciocinio, carente de habilidades para desarrollarse por sí mismo y poseer lo deseado.
Quizá aquí quepan las frases de Khalil Gibrán que dice “el silencio del envidioso está lleno de ruidos” en alusión a quienes pretenden dañar a los demás por culpa de su impotencia intelectual o como graciosamente dice Francisco de Quevedo: “La envidia va tan flaca y amarilla porque muerde y no come”; afirmación cierta porque el mal jamás triunfa ante el bien.
En resumen, la envidia, como una de las emociones negativas de algo que yo deseo y no logro, despierta sensaciones aún más funestas como la ira, el odio, el resentimiento y, por último la maldad o también lo que me he permitido llamar admiración desenfrenada por sobrepasar las barreras de la estima o agrado de lo que las demás personas logran. Sin embargo, no olvidemos que el bien siempre prospera así que será mejor convertir toda envidia en admiración(estima a alguien). De este modo, ese contraste, inicialmente insoportable, hará que uno mismo se acerque a lo que desea.