sé Artemio Lalupú CruzPadre Nuestro,
ímpetu radiante de la serpiente roja que transita mi ser
¿recuerdas mi niñez jugando al profesor?
¡qué inocencia! ¿Verdad?
Hoy que brego echando simiente a tu verde pradera
concédeme la gracia
de predicar saberes como lo hizo el Maestro.
Has que mi osadía fulmine las tinieblas
y extinga la ignorancia.
Humedece las yemas de tus dedos, Señor,
e impregna en mis labios más almíbar de tu copa.
Vierte, rebosante, el cubilete y úngeme con sabiduría.
Tú sabes que sin ti, ¿quién podría ser maestro?
Padre Nuestro, tú que has burilado mi destino,
dadme agua de tu fuente para regar tus vivos campos;
si no embebo de fresco rocío a los tuyos y, a la vez, míos
suelta la furia de tus azules cielos
mas no renunciaré, jamás,
a la fresca savia que destila tu cáliz.