
Creo que tenía seis años cuando me llevaron al colegio. Al ver, por primera vez, a la profesora Cleotilde se me erizó la piel: justamente era tal como me la habían descrito: regordeta, malgeniada, gritona, endiablada. Todos callados temblando como paja sacudida por el viento.
- Hola niñitos- nos dijo.
- Buenos días señorita Clotilde -contestamos algunos. Los demás estaban llorando de miedo.
-¿Qué te pasa mi amor?, no llores. Ven mi vida, siéntate aquí.
A los pocos minutos estábamos jugando con ella. Todo era felicidad.
Instantes después apareció el profesor Aníbal Vergara a quién le fue encargado la sección de Transición. Este maestro sí era buenito, no pegaba con látigo, ni arrancaba las orejas y sobre todo era un excelente maestro.
En corto tiempo aprendimos a deletrear y casi al terminar el año ya leíamos fábulas y otros textos literarios breves.En esos tiempos la preocupación era enseñar a leer y aprender a leer.
Siempre veía a la señorita Clotilde, a veces molesta, pero para mí nunca lo había sido, era buena y tan buena que me designó a un profesor que me enseñó a leer, a un profesor que hasta ahora recuerdo su delicada forma de ser y enseñar, a un amigo y maestro .Cuando llegaba de la ciudad todos saltábamos de alegría.
En el campo, tener una escuelita era un honor porque no todos los pueblos rurales tenían esa suerte.
-Un voluntario para hacer la lectura -nos decía- yo ya estaba listo para salir corriendo en dirección a su pupitre(él sí tuvo la dicha de contar con un pesado pupitre de no sé qué madera).
- Muy bien alumno Artemio, me decía.
- Aplausos para el alumno Artemio, concluía diciendo mientras pintaba una sonrisa en sus labios.
Mis compañeritos de aula sacudían las paredes con el estentóreo de sus palmadas.Claro que el protagonista de tanta ovación terminaba afresado por las palabras de admiración.
- Has leído bacán.
- Buena Temo. (por Artemio).
- Así quiero leer yo.
- Veinte de nota.
Esos estímulos y la prioridad que el profesor Aníbal me daba para las lecturas terminaron por abrirme las puertas hacia este arte.
Mi abuelo materno era el peluquero del pueblo y un día enterado de mis grandes habilidades en el campo de la lectura me llamó:
- Indio, venga acá. - Así me decía: "Indio". Una espececie de chocheo amoroso.- Tenga este periódico y léame esta noticia.
Me jalaba rumbo a su asiento de peluquero, y como era alto, me alzaba y me entregaba el periódico con la noticia seleccionada.
- "Des-bor-de de río arra-só con un pueblo entero. Eran apenas las siete de la noche cuando se oyó el bramido de las aguas que se acercaban al caserío de..."
-Ja, ja, ja, ja, ja. Era un a carcajada interminable. Ñato de risa mi abuelo Lupo(Guadalupe) me aplaudía y me bajaba de su sillón, luego me regalaba una fruta que podía ser un mango, un plátano o una guaba de las plantas de su huerto.
- Mañana me lees una fábula, -terminaba diciendo-. Ja, ja, ja.
Con los ojos brillantes de algarabía me retiraba corriendo a contarle a mi mamá.Y como un acto de preparación cogía el recordado "Coquito" u otros libros de mis hermanos y me ponía leer cualquier lectura,a veces me daban de cocachos por cogerles sus libros, pero el dolor pasaba y volvía a mis andanzas cuando ellos estaban en la chacra.
Estas personas y muchas cosas bonitas burilaron mi vida en el arte de la lectura:La señorita Clotilde con su cara de diabla; el profesor Aníbal con su tentadora pregunta ¿Quién desea realizar la lectura del día?, mi abuelo Lupo con su amenazadora orden:"ven acá y léeme esta noticia" y por su puesto, mis hermanos, con su ausencia, de la cual sacaba enorme provecho , esto; sí, esto me hizo un asiduo lector y, si no estoy soñando, un humilde escritor.

